“Quiero que me digan lo que no deseo escuchar”

Dr. Alejandro Jadad, médico especialista en el dolor, cuidados intensivos, paliativos

54 años. Nací en Medellín y vivo en Toronto, donde soy profesor de la universidad y un preguntón: soy investigador. Casado, tres hijas, dos nietos y una familia por elección. Debemos unirnos para defender la vida. Creo en la humildad de aceptar que podemos creer cualquier cosa.

LV | Foto: Ana Jiménez

“Quiero que me digan lo que no deseo escuchar”

IMA SANCHÍS

15/02/2018 00:52 | Actualizado a 15/02/2018 14:24

El buscador

Inquieto, incapaz de dejar de hacerse preguntas y rápido, muy rápido. Su currículo es inmenso, fundador del Centro (de referencia mundial) de Innovación en Salud Global de la Universidad de Toronto, y de la escala de Jadad, la herramienta más utilizada para evaluar la calidad de los ensayos clínicos en el mundo. Pionero en el tratamiento y estudio del dolor, lidera la Iniciativa Global para una Buena Muerte. Reconceptualizó el concepto de salud y de felicidad. Según la revista Times es uno de los diez hispanos más influyentes del mundo. Pero nada de eso le acomoda. Hace un par de años este vitalista publicó El festín de nuestra vida, que resume su filosofía entusiasta. La UOC acaba de investirle doctor honoris causa.

La persona más importante de nuestra vida somos nosotros mismos. Tenemos una voz interna que siempre está ahí, orientándonos, pero la ignoramos.

Una voz muy loca a veces.

O muy cuerda. Se trata del mí, no del yo, que es el responsable de todos nuestros apegos y una carga muy fuerte. El mí es el que siente. ¿Qué pasaría si tu yo se comunicara con tu mí?

¿No se comunican?

Es una conversación eternamente pendiente que uno aplaca conversando con los otros. Da miedo hacerse ciertas preguntas. Y además enfatizamos el ver para creer, cuando en este momento deberíamos revertirlo.

¿Creer para ver?

Sí, creer en otras posibilidades, tanto personal como colectivamente, porque los modelos de vida que tenemos nos están haciendo más daño que beneficio. Yo provengo del sector de la salud, que en realidad es el de la enfermedad, y soy docente en un sistema que uniformiza.

Esto sí es autocrítica…

El sistema sanitario nos enferma y nos mata, el educativo nos embrutece, el financiero nos empobrece, el alimentario nos envenena y el político nos oprime. Debemos reimaginar, repensar, reconectar. Las preguntas son esenciales.

¿Cuál es su pregunta?

A nivel personal, cómo ser libre (es decir prescindible) y cómo morirme tranquilo, las dos cosas que más miedo nos dan.

Es muy abstracto.

Siendo médico, cómo conseguir que la población esté más sana sin mí que conmigo. A nivel de especie, cómo conseguir alinear nuestras necesidades con la conciencia de ser parte de un superorganismo que va más allá de la Tierra y que no entendemos.

Cierto.

Somos muy arrogantes como especie, y probablemente lo que más nos ayudaría es la aceptación de nuestra insignificancia, naturaleza efímera y dependencia.

¿Cuándo empezó su cuestionamiento?

Cuando era pequeño mis padres se estaban separando y discutían. Me sentía muy solo, pero un día oí mi voz interna, me di cuenta de que no estaba solo y comencé a preguntarme cosas.

Una de sus preguntas, qué es la salud, le llevó a liderar un estudio internacional.

Era algo que me había cuestionado y en un evento en la OMS levanté la mano y lo pregunté. La OMS la definía como un estado de completo bienestar físico, mental y social…, pero ¿quién tiene eso?… Allí estaba la editora del British Medical Journal, que me propuso comenzar una conversación global para averiguarlo.

¿Qué concluyeron?

Que más que una condición debería de ser una habilidad para adaptarnos y gestionar los desafíos físicos, mentales y sociales, y eso nos abre la posibilidad de aprender a ser saludables como sociedad, de enfocarnos en ello. Creer para ver.

¿No estamos enfocados en ello?

Vemos la salud como la ausencia de enfermedad, y ese combate contra la enfermedad nos lleva a una paradoja: los efectos secundarios de los medicamentos, las complicaciones de las intervenciones y los errores son la segunda o tercera causa de muerte en los humanos.

También preguntó a sus colegas si querrían morir como sus pacientes.

Sí, en un congreso internacional sobre cuidados paliativos, una de mis áreas, y nadie levantó la mano. Eso me llevó a otro gran estudio cuyo resultado es que queremos morir en casa, sin dolor y rodeados de nuestros seres queridos, y a una iniciativa global para una buena muerte.

Usted simuló su propia muerte.

Superé un diagnóstico de cáncer (2008) y decidí prepararme para la muerte. Me metí en el ataúd. Mi familia cargó el cetro. Escogí mi música fúnebre con la que me despierto a diario.

Poderoso revulsivo contra el desánimo.

Dediqué tiempo a mis remordimientos, a pedir perdón, a agradecer, a enfrentar las frustraciones. “Si tuvieras la oportunidad de repetir indefinidamente tu vida sin poder cambiar nada, ¿querrías?”, preguntó Nietzsche.

¿Quién quiere eso?

Nadie, cierto, pero a mí me sirvió para decirme: A partir de ahora viviré de tal manera que si me dieran esa oportunidad diría que sí. Ese fue el gran cambio, y me busqué cómplices para conseguirlo: mi esposa, mis hijas, mi equipo.

¿Qué les pidió?

Franqueza, que me digan lo que no deseo escuchar. Todos tenemos puntos ciegos en los que no somos capaces de ver cómo nos dañamos y dañamos a los demás. Les pedí que me guiaran para ser mejor compañero, padre, médico. Nos sentamos una vez al mes para hablar de ello.

¿Y qué ha aprendido?

Que hay mucho por desaprender, pero la mayoría son aprendizajes inconscientes, y por tanto sólo nos queda saber cuál es nuestro norte.

¿Y cuál es su polo magnético?

Consciente de que hay que tomar decisiones en la incertidumbre, sólo hago lo que me hace sentirme tranquilo y libre.

Póngame un ejemplo.

Todo lo que tengo cabe en dos maletas. Hace diez años, mi familia y yo probamos de vivir ligeros de equipaje. Nos gustó. Vendimos nuestra casa y lo regalamos todo. Le damos valor a lo que queremos darle valor, todo es un símbolo.

¿Cómo lograrlo a nivel colectivo?

Tenemos de todo en abundancia, salvo dinero, que está diseñado para generar escasez.

Nota: Este artículo es propiedad de Ima Sanchis y forma parte de la publicación de “La contra” de La Vanguardia.

Con todo nuestro respeto y admiración queremos reproducirlo en nuestro blog.

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Síndrome de Florencia

Si os cuento que el otro día vi un OVNI en Florencia posiblemente la mayoría no me creeríais y eso sería lo normal. Posiblemente desde vuestra racionalidad pensaríais que estoy de broma o que he sufrido una alucinación.
La verdad es que desde mi punto de vista agnóstico del tema posiblemente me pasaría lo mismo. Los OVNIS, ese fenómeno relativamente reciente, no tienen el crédito de la mayoría de la población. Aunque cuando hablamos de vida inteligente más allá de nuestro planeta la cosa empieza a cambiar, y más aun si tan solo damos la posibilidad al concepto “vida”, es entonces cuando nos planteamos que tal vez no estemos solos en el Cosmos.

Bien, no vi un OVNI, no es eso, pero si me ocurrió algo que en un primer (y segundo y tercer momento) no identifiqué y que a medida que han pasado los días me empieza a hacer dudar de lo que en realidad ocurrió. Os lo explicaré:

Estaba en un viaje de trabajo por la capital de la Toscana, acompañando a unos viajeros de nuestra agencia. Era nuestro segundo día por la ciudad-museo, que como bien sabréis está repleta de obras de arte, que espontáneamente encuentras a cada paso, en cada rincón. En una plaza, en un puente, en las mismísimas tapas de los registros de luz municipales…
Esa mañana habíamos visitado la Santa Croce, esa iglesia situada en la plaza que lleva su mismo nombre. Habíamos podido admirar en todo su esplendor la luz que desprenden los mármoles blancos, negros, rojos y verdes con los que está recubierta la fachada. También pudimos rendir tributo solemne a los personajes ilustres que descansan en su interior como Galileo, Miguel Ángel, Machiavelli, Rossini, entre otros.
Por la tarde cumplimos uno de los objetivos de ese viaje: la visita de la Galería de los Uffizi, el palacio museo que contiene una de las colecciones de arte más antiguas y famosas del mundo. Se trata de la pinacoteca más visitada de Italia, y eso ya es mucho decir. Para comprender bien la visita contratamos una guía experta en arte del Renacimiento, porque tratar de entender en unas pocas horas ese movimiento artístico debe hacerse bien y sin duda vale la pena que algún entendido te introduzca paso a paso y de forma didáctica. La guía dio una explicación excelente que me transportó al maravilloso mundo de los artistas  renacentistas y lo que con sus cuadros trataron de expresar. La visita empezó con las obras de Masaccio, concretamente con la pintura “Virgen con niño” donde la virgen se humaniza representando hacerle cosquillas a su hijo quien sonríe tomando la mano de su madre. A partir de ese cuadro la guía nos adentró en la sucesión de discípulos de Masaccio quienes transformaron para siempre la concepción de la pintura: Filippo Lippi, Filippino Lippi, llegando a Boticceli y sus pinturas de grandes dimensiones representando temas profanos: “La primavera” y “El Nacimiento de Venus”. De pronto, comencé a sentirme mal, aturdido, el ritmo cardiaco se me aceleró, un hormigueo se instaló en mis manos, un zumbido en los oídos me hizo retirarme el auricular a través del que me llegaban las pinturas convertidas en palabras. Me espanté, creía que iba a perder el conocimiento y eso no era posible. Tiré de todo el autocontrol del que fui capaz. Control de la respiración, relajación mental y cualquier argucia que me permitiese mantener la verticalidad.

Acabé la visita sin poder apreciar el final de las explicaciones, pero en pié y muy dignamente pudiendo alcanzar con mis clientes la salida y el aire fresco del invierno florentino. Esa noche continué alterado, con dolor de cabeza, contracturado e insomne. La interpretación que le di a ese capítulo de malestar, fue atribuirlo a una subida de presión arterial o tal vez a un malestar causado por problemas con las cervicales. Tanto levantar el cuello para admirar el arte de la ciudad, bien podrían haber causado una inflamación de las cervicales, algo que no me resulta en absoluto ajeno. Eso, sumado al estrés habitual de los viajes y a vivencias negativas recientes podían ser los causantes de aquel mal momento.

Al día siguiente ya estaba bastante recuperado. Cansado por la falta de sueño pero más aliviado de la angustia y el dolor cervical. Acabé el viaje disfrutando de la gastronomía y de las maravillas de Florencia, que siempre me sorprende con los tesoros que dejaron para nosotros los antiguos artistas. Una ciudad a la que regresar una y otra vez y en cada ocasión encontrar una nueva joya para los sentidos.

No fue hasta un par de día después, que de pronto reparé en algo que había leído en muchas otras ocasiones y que me había pasado desapercibido. ¡No podía ser! Esas cosas son leyendas del Romanticismo pensé…

…El Síndrome de Stendhal, o El Síndrome de Florencia, o también conocido como el Síndrome del viajero. Es una enfermedad psicosomática que causa aumento del ritmo cardiaco, vértigos, temblor, palpitaciones. Y además lo causa cuando el individuo es expuesto a un gran número de obras de arte situadas en un mismo lugar.

El Sindrome de Stendhal se ha convertido en paradigma de la reacción romántica ante la contemplación de la belleza y el goce artístico. Es conocido de este modo en referencia al escritor francés del siglo XIX Henri-Marie Beyle, cuyo seudónimo fue Stendhal, quien dio una descripción en 1817 sobre este fenómeno que experimentó al visitar la iglesia de la Santa Croce y que publicó en sus escritos tras un viaje por Italia.

Esto es un fragmento de lo que Stendhal narró sobre su experiencia que hoy la hago mía:

«Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme».

Tengo que añadir que cuando reparé en que mi malestar podría no había sido casual y empecé a bucear en internet los paralelismos me hicieron dudar de mi escepticismo. Leer que han existido multitud de casos de vértigos y desvanecimientos en Florencia y especialmente mientras se visita la Galería de los Uffizi no me deja indiferente. Por lo que averigüé estos casos no fueros descritos como un síndrome hasta 1979 cuando la psiquiatra Graziella Margherini estudió más de cien casos entre turistas y visitantes de Florencia.

Ahora le sigo dando vueltas desde mi desconocimiento en la materia, sobre si realmente a Stendhal, a los cientos de viajeros o a mí, nos afectó el arte en mayúsculas o tan solo los problemas cervicales o la hipertensión de los que nos dedicamos a la práctica del sedentarismo. Y es que uno, lamentablemente carece del romanticismo necesario para creer en OVNIS.