Clausura

La puerta crujió cuando la abrí, me dio la impresión de que se podía deshacer si la empujaba demasiado fuerte. Era la puerta original de aquel edificio de primeros del siglo XX. Nunca se habían planteado sustituirla por una puerta más segura. Mis padres no se cuestionaban aquellas cosas.

Fachada con persianas alicantinas

El apartamento de mi padre, había estado cerrado en la última etapa de su vida. Y ahora que él había muerto, así, sin eufemismos: m u e r t o. Palabra que podría haber sustituido para hacer el texto más elegante, la podía haber sustituido por fallecido, también me hubiera servido, pero queda más potente hacer alusión a lo que significa perder la vida; morirse.

Decía: Ahora que él había muerto, debía ocuparme de poner en orden sus cosas, dar a beneficencia lo que pudiese servir, hacer que retirasen los antiguos muebles que eran inservibles porque, aunque no tan viejos como la puerta, tenían los suficientes años y el poco valor como para liquidarlos sin demasiado remordimiento. Tan solo lo justo producido por el apego irracional a las cosas materiales sin excesivo valor, lo que viene a ser llamado “valor sentimental”, como decía: algo irracional.

Dejar en orden aquel lugar que tantos recuerdos me traía, en el pasé los años de mi infancia. Aquel olor, no era el mismo que había quedado en mi memoria, faltaba la parte que aromatiza las casas pequeñas; la de la cocina, las comidas que preparaba mi madre y cuyos efluvios se mezclaban con el resto, el olor a vida, a casa en marcha. Aquello y los sonidos; la radio o la televisión encendida si nadie que la escuchase, pero “haciendo compañía”. Nunca las dos cosas al mismo tiempo. “Que gasta luz”, decían los viejos.

La luz del antiguo fluorescente cenital seguía como cuarenta años atrás, luz blanca, plana, sin matices, sin calidez. No como la lámpara de pie del comedor living, así se le llamaba, un eufemismo. Era un pequeño cuadrado donde estaba todo, el sofá, la mesa, el mueble con la tele, mueble que también escondía una cama, donde yo de pequeño había dormido muchas veces, dejándome arrullar por el programa de televisión que estuvieran viendo los mayores. La lámpara de pie, con su pantalla de pergamino y su sistema de encendido, click-clack, sonaba así cuando tirabas de la cadenita. Aquella luz cálida me gustaba, y me sigue gustando, me hace sentir bien, en casa, protegido de las bombas nucleares que pueden caer alrededor. Esa debería ser la luz de un bunker; luz cálida de lámpara de pie y muchas latas de atún y sardinas, lo propio de un bunker vaya.

Llevaba horas separando el grano de la paja, esto sí, aquello también, lo otro lo pongo a parte, cuando reparé en un cuaderno antiguo, un cuaderno de aquellos que tenían las tapas de cartón duro con un estampado en la portada recreando unas aguas en colores verde y blanco, un blanco que ya no lo era y un verde que se mantenía tozudo en dejar claro su condición de color secundario. Una etiqueta con unas cenefas que representaban unas columnas vegetales con palmeras en sus capiteles que enmarcaban lo que alguien escribió a modo de título: “P”, tan solo una letra. Lo tomé en mis manos y antes de abrirlo dudé. No lo había visto nunca en mi vida, y mis progenitores no eran precisamente ni Simone de Beauboir ni Jean Paul Sartre.

Funeral desde el interior

Gris plomo. El cielo más triste que pueda cubrir cualquier lugar. Algunas gotas empezaban a caer sobre el asfalto elevando desde el suelo aquel aroma al que algunos llamaban olor a lluvia, aunque en realidad es el olor al polvo mojado, tal vez, el polvo en el que todos nos convertiremos. Deberé buscar de donde sale esto, aunque intuyo que de algún pasaje de la Biblia.

El cielo más triste que pueda cubrir cualquier lugar

Los cipreses se mostraban negros como mandaba la ocasión. En definitiva, todo cuadraba para aquel entierro donde yo en mi soledad era el protagonista. Bien, yo directamente no, mi padre en concreto. Él era el finado, aunque tal vez sea un absurdo erigir en protagonista a quien ya no puede ver, ni oír, ni hablar. Aunque hay quienes contradicen esta opinión que no puedo garantizar que sea cierta pero que es la que más se ajusta a lo que hasta el momento he reunido en mi cerebro formándome un criterio personal, aunque extinguido. Esas personas que difieren de mi opinión, hablan sobre la muerte casi con una certeza que me hace pensar en que tal vez no estén equivocados. Son personas inteligentes, con profesiones relacionadas con la ciencia y la sanidad. Han vivido experiencias como las llaman “cercanas a la muerte”, o las han constatado con pacientes que dicen haberlas “vivido”.

Los pensamientos se me enredaban como las ramas de los viejos cipreses hasta formar una tupida masa vegetal que me impedía razonar con claridad. Traté de apartar de mí aquellos asuntos que me parecían inoportunos para el momento. Aunque, por otro lado, ¿cuales eran los pensamientos adecuados? ¿Quién dice que debe pensar uno en el entierro de su padre, su progenitor? Aquel quien te dio la mano las noches oscuras de tormenta, el que te enseñó los primeros juegos, a quien idolatraste en silencio, sin decírselo nunca. Clark Kent convertido en un humanus normalis.

            Allí estaba yo, parado frente al hueco donde iban a enterrar a Superman, sin capa, sin la “S” serigrafiada en el pecho. Cerré los ojos decidido a no conservar aquella imagen en mi memoria, no quería presenciar lo que me esperaba a la vuelta de la esquina. No podía evitar verme reflejado en aquella escena. Que patético es el final, o al menos así lo vivo yo. Preferiría desaparecer un día, de repente, perderme en los Annapurnas, en los hielos polares, en la profundidad de los desiertos del Sahara, del Gobi, del Kalahari, del Salar de Uyuni. En soledad, sin explicaciones, sin deudas con nadie, sin que ninguna persona se lamente por mi desaparición. Tal vez que algún amigo, el más sensible y melancólico, evoque un pensamiento en mi honor, rece una plegaria rockera, cante un salmo de la religión más canalla que exista, mientras sorbe un wisky ahumado, muy ahumado, a mi salud.

            Volví a abrir los ojos justo en el momento en que el empleado me entregaba las llaves del “apartamento” eterno en que iba a descansar el superhombre. Yo le tendía un billete por los servicios prestados. Un horror la verdad. Hasta el último aliento las transacciones económicas están presentes. Giré en redondo buscando el camino de regreso al coche. Quería huir a toda velocidad de aquel lugar, que, aunque hermoso, me oprimía el pecho hasta la asfixia. Sencillamente, no quería permanecer por más tiempo allí. Volvieron a mí los pensamientos que había tratado de desterrar. Ya se sabe, quienes no sabemos practicar el arte de la meditación, no sabemos como hacer para evitar que nuestra mente fabrique pensamientos de todo tipo, los agarre, los retenga, nos jodan sin remedio y nos revuelquen en el fango como si un enorme judoca nos placase con una llave ejecutada con precisión de tercer Dan.

            Entré en el interior de mi coche, cerré la puerta y el silencio del interior del vehículo me sosegó por un instante. Conecté el audio y sonó una pieza de Jazz que me sumergió en otro mundo. La mezcla de sensaciones, sentimientos, la música, las imágenes fundidas a negro por la clausura de mis ojos al negar la última visión del féretro. Todo junto me provocó un crack interno en algún lugar indeterminado, difícil de localizar. Pisé el acelerador y rodó el vehículo al mismo tiempo que las lágrimas por mi rostro.

La leyenda de la currywurst

La salsa de tomate y curry que sazona el tentempié de salchicha más popular de Alemania cumple 70 años; la creó Herta Heuwer en Berlín

Como tentempié resulta más bien grasiento y escasamente saludable, pero sabe rico, y al transeúnte hambriento por las calles de Berlín siempre se le aparece algún puesto de venta alusivo donde matar veloz el gusanillo. De pie, allí mismo. En un país como Alemania, que no puntúa alto en delicias gastronómicas, la humilde currywurst es un bocado amable y popular, que acaba de cumplir 70 años y cuyo origen está impregnado de leyenda, con aromas de posguerra y ocupación. La currywurst (literalmente, salchicha al curry) consiste en una salchicha alemana de cerdo cocida, que se fríe y se corta en rodajas; y se sirve rociada en salsa de tomate o ketchup y espolvoreada con curry. Suele acompañarse de patatas fritas o de un panecillo. En Alemania se consumen 800 millones de raciones de ­currywurst al año, despachadas en casetas callejeras, muy habituales sobre todo en Berlín, Hamburgo y en la cuenca del Ruhr.

Como pasa con tantos otros platillos, el secreto está en la salsa. La inventó Herta Heuwer el 4 de septiembre de 1949 en el kiosco de comida rápida que regentaba en la calle Káiser Federico del barrio berlinés de Charlottenburg. Eran tiempos de posguerra y escasez. “Aburrida porque no había clientela, se puso a experimentar con pasta de tomate, pimienta y especias exóticas, y accidentalmente creó la verdadera salsa de curry, que nada tiene que ver con mezclas de ketchup posteriores de otros kioscos”, escribió la historiadora cultural Petra Foede en su libro de 2009 sobre leyendas culinarias. Según la tradición, un soldado británico le habría regalado a la señora Heuwer el curry en polvo que usó para la mezcla. El platillo tuvo un éxito fulgurante y le empezaron a salir copias, lo cual llevó a la autora de la salsa a patentarla, en 1959 en Munich, con el nombre de Chillup.

Herta Charlotte Heuwer (Königsberg, hoy Kaliningrado, 1913-Berlín, 1999) nunca quiso desvelar las especias y proporciones de su salsa, y se llevó el secreto a la tumba. Por eso hay muchas versiones del aliño, y la currywurst sabe distinta en función del puesto dispensador. Quien esto escribe siente cierta debilidad por la receta de la pequeña cadena de kioscos Curry 36 –cuyo primer establecimiento nació en 1980 en el barrio de Kreuzberg–, pero la inclinación puede deberse a que tienen un puesto en la estación de Zoologischer Garten, lugar habitual de tránsito de esta cronista, y ya se sabe que somos animales de costumbres, también en cuestiones de paladar. Cada cual en Berlín tiene sus preferencias sobre la salsa de la currywurst, y es mejor no discutir sobre cuál es la más sabrosa

Pese a que la fecha está aceptada, y existe la patente, hay otra teoría sobre la creación del tentempié. En la novela de Uwe Timm de 1993 Die Entdeckung der Currywurst (El descubrimiento de la currywurst), el personaje de Lena Brücker sazona en la inmediata posguerra salchichas con una salsa de ketchup y curry, inventada casualmente al caerse por las escaleras llevando ambos ingredientes, que así se mezclaron. Timm, de 79 años, asegura que en 1947 comió en Hamburgo salchichas con esa salsa. Pero no existe documentación.

En Berlín, en junio del 2003 se instaló una placa conmemorativa en el lugar donde Herta Heuwer tenía aquel kiosco en el que inventó la famosa salsa. En el lugar hay ahora –casualidades del destino– un supermercado de productos asiáticos. La placa que homenajea a Heuwer concluye que “su idea es tradición y placer eterno”, grandes palabras para la modesta pero apetitosa currywurst, que ahora es versionada también en restaurantes de alto copete.

Fuente: La Vanguardia

Autora: María-Paz López

Turismo oscuro

¿Por qué nos gusta viajar a lugares donde ocurrieron desgracias, crímenes y sufrimiento?

El llamado turismo oscuro está de moda y, por ejemplo, este año 100.000 personas visitarán Chernóbil. Los lugares en los que ha sucedido alguna desgracia se convierten en destinos turísticos

No es una tendencia nueva, pero sí es una tendencia en auge. La ciudad de Prípiat, donde estaba la planta nuclear de Chernóbil se abrió a los turistas en 2011, y desde entonces el número de visitantes anuales no ha parado de crecer, igual que su oferta turística. La junta de turismo y promoción de Kiev prevé recibir este año a 100.000 visitantes, con lo que se superarán los 72.000 de 2018 y se duplicarán los 50.000 turistas de 2017, según informaba la CNBC.

En este caso, está claro que el éxito de la serie de HBO Chernobyl ha ayudado. Pero en términos generales, “aunque viajar a lugares asociados con la muerte no es un fenómeno nuevo, el auge del turismo como un sector económico fundamental a escala mundial ha disparado el interés por este tipo de lugares, que se conoce comotanatoturismo o turismo oscuro (dark tourism)”, afirma Daniel Liviano, profesor de los estudios de Economía y Empresa de la UOC.

Viajar a lugares asociados con la muerte no es nuevo, pero el auge del turismo a escala mundial ha disparado el interés por este tipo de sitios”
DAVID LIVIANO Profesor de Economía y Empresa de la UOC
De todas formas, y aunque a menudo se usan como sinónimos, tanatoturismo y turismo oscuro no terminan de ser exactamente lo mismo. El turismo oscuro tiende a usarse como un término general para cualquier forma de turismo que de alguna manera “esté relacionada con la muerte, el sufrimiento, las atrocidades, la tragedia o el crimen; El tanatoturismoes un concepto más específico y se trata de prácticas de viajes motivadas por un deseo específico de un encuentro con la muerte”, diferencia el profesor Duncan Light de la Universidad de Bournemouth (Reino Unido)

Estas formas de viajar incluso han despertado el interés académico y, por ejemplo, la University of Central Lancashire (Reino Unido), ya tiene un Instituto para la investigación del Turismo oscuro.

La prisión de Alcatraz, los campos de concentración, la cueva Tham Luang –donde quedaron atrapados doce niños tailandeses–, zonas donde se han cometido genocidios como Ruanda, o tratar de cruzar la frontera de El Paso como un inmigrante ilegal para vivir la experiencia de ser detenido, se convierten en ‘destinos’ cada vez más comunes.

Chernobyl

Desastres, sufrimiento, tragedias y muerte: ¿qué lleva a alguien a viajar a este tipo de lugares? “Aunque sabemos que la muerte es el final de todo, es la gran desconocida y nos sentimos fascinados; sabemos que vamos a morir, pero nadie cree en su propia muerte, y como individuos nos es muy difícil imaginar”, afirma Francesc Núñez, sociólogo y profesor de los estudios de Humanidades de la UOC.

Para Miquel Seguró, doctor en Filosofía de la UOC y la URL, “en Occidentetenemos un problema con la muerte y con el sufrimiento; tenemos una relación desequilibrada con ambos: o bien adoptamos una actitud morbosa o bien los banalizamos”.

Como decíamos, no estamos ante un fenómeno nuevo. “En otras épocas era habitual que la gente hiciera viajes de tres y cuatro días para asistir, por ejemplo, a la ejecución de alguien”, explica Ricard Santomà, decano de lafacultad de Turismo y dirección hotelera Sant Ignasi de la Universidad Ramon Llull. O que gente que visita una ciudad “incluya en su itinerario el cementerio, en lo que ya se conoce como turismo de la muerte (grief tourism)”, añade Santomà.

En Occidente tenemos una relación desequilibrada con la muerte. O bien adoptamos una actitud morbosa o bien la banalizamos”
MIQUEL SEGURÓ Profesor de Filosofía de la UOC y la URL

Por eso para Seguró es tan importante la actitud cuando se acude de visita a un cementerio o a un campo de concentración. “Es muy distinto ir con una actitud morbosa o con respeto y empatía por el sufrimiento ajeno. Cuando vamos con una actitud morbosa, sin empatía, lo que hacemos es degradar el sufrimiento de las personas que estuvieron allí en contra de su voluntad, y deberíamos preguntarnos qué encontramos en ello”, se pregunta este filósofo.

En alemán existe la expresión Schadenfreude , que es la emoción que alguien siente al regodearse, alegrarse o incluso sentir satisfacción por el sufrimiento, la infelicidad o la humillación de otro. Esto explicaría “la actitud de algunas personas que visitan un lugar para celebrar, in situ, que las víctimas han recibido un justo castigo por la razón que sea”, comenta Liviano.

En alemán existe la expresión schadenfreudepara referirse a la emoción que alguien siente al regodearse o alegrarse con el sufrimiento, la infelicidad o la humillación de otro.
En opinión de Ricard Santomà los motivos que impulsan a la gente a buscar este tipo de viajes son muy distintos, y se pueden categorizar entre aquellos que “buscan la autenticidad, la morbosidad, la adrenalina, el tomar conciencia del pasado para que haya cosas que no se repitan, la curiosidad, un componente de aprendizaje histórico y –como no– el postureo”.

Lo cierto es que cada vez viajamos más para vivir experiencias, y queremos que además sean auténticas y adrenalíticas. “Por ejemplo, hace algún tiempo se ofrecía la posibilidad de hacer un viajede tres días caminando por Siberia encadenado y con grilletes en los tobillos para sentir lo mismo que un preso de la URSS”, explica Santomà. “Lo que sucede es que en esta búsqueda de la autenticidad, la gente ya no sabe qué buscar y termina por ponerse en este tipo de situaciones extremas”, añade el decano de la facultad de Turismo Sant Ignasi de la URL.

La cueva de Tham Luang

La cueva de Tham Luang donde se quedaron atrapados unos jóvenes tailandeses se ha convertido en una atracción turística.


Claro que siempre es una experiencia controlada, a la que el viajero –que por algo paga– puede poner fin en cualquier momento. En el fondo es el “mismo tipo de adrenalina que se busca en un parque temático”, como en el Krüeger Hotel del Tibidabo de Barcelona, con actores interpretando el papel de asesinos. O como las caminatas nocturnas que se organizan en la frontera con México, que simulan el cruce de la frontera con Estados Unidos como inmigrantes indocumentados, en las que se vive la experiencia de cruzar túneles y se sufre el ‘secuestro’ de traficantes de personas por parte de actores.

Después están los que “sienten el viajecomo una motivación moral o espiritual y adoptan una actitud de peregrinación”, explica Liviano. Una persona puede visitar el escenario de un genocidio para mostrar empatía con las víctimas, recordarlas y honrarlas, y estar guiada por un sentido de deber moral. Es lo que sucede con aquellos que visitan lugares como los campos de concentración de Auschwitz-Birkenau, por ejemplo. El riesgo es cuando se pone de moda, como ha sucedido con Chernóbil.

Una persona puede visitar el escenario de un genocidio para mostrar empatía con las víctimas
En este sentido, “este tipo decomportamiento, que va ligado a la atracción que ejercen determinados lugares, no suele estar guiado por valores o códigos éticos y morales, sino por cálculo instrumental, y los interesesy las emociones personales”, explica Francesc Núñez.

Por este motivo hay gente que denunciaque debido a este tipo de turismolugares como Auschwitz se han convertido en un parque temático del exterminio, “un lugar donde los turistas van a hacerse fotos sonriendo al lado del crematorio o bajo el arco con el siniestro letrero Arbeit macht frei (el trabajo os hará libres, en alemán)”, afirma Liviano.

Pero también hay “otros turistas que no tienen una motivación para con las víctimas y simplemente visitan estos lugares con un deseo o una necesidad de contactar simbólica y emocionalmente con la muerte”, considera este profesor de la UOC.

Soldados israelíes visitan el museo Yad Vashem de Jerusalén para conmemorar el día internacional del Holocausto (Ilia Yefimovich / Getty)
Luego están los que cuando visitan Londres “se apuntan a un tour sobre Jack El Destripador”, dice Santomà. Se trata de personas que practican un turismo patrimonial (heritage tourism) que tienen interés por la historia y la cultura, es decir, “por el deseo de aprender viajando”. Podrían incluirse aquí también las visitas a museos sobre el Holocausto, donde un guía da una lección de historia en el lugar mismo donde sucedieron los hechos. Afortunadamente, el deseo o la oportunidad de aprender y entender es la razón más común entre los tanatoturistas, según dice el investigador Duncan Light.

Y por último, no hay que desdeñar el papel que en el mundo del turismo juegan las redes sociales y, últimamente, las series. “Mucha gente viaja a estos lugares en busca del me gusta en Facebook o Instagram”, dice Santomà. Además del caso ya comentado de Chernobyl de HBO, la serie Mindhunter –Netflix– ha puesto de moda el Helter skelter tour sobre Charles Manson. Incluso la propia Netflix tiene en su catálogo la serie documental El otro turismo (Dark tourist), donde el periodista y documentalista neozelandés David Farrier, aficionado a este tipo de destinos, visita alguno de lo sitiosturísticos más macabros del planeta.

Helter Skelter Tour

El tour Helter Skelter permite por 85 dólares hacer una excursión de cuatro horas por Los Ángeles para conocer los lugares más relevantes relacionados con Charles Manson.


Al final, “todos, agencias de viajes, ciudades o gobiernos, todos sacan provecho aunque sea desde el horizonte del sufrimiento de muchos”, afirma Núñez, que añade que, “un lugar de sufrimiento puede ser un lugar de peregrinación”. Según este sociólogo, el efecto de la comercialización y la masificación de determinados espacios, ha producido su banalización y convierte estos destinos en un trofeo más (la foto, la selfie) de las aventuras y las experiencias personales de losindividuos consumistas.

Un lugar de sufrimiento puede ser un lugar de peregrinación, pero la comercialización los convierte en un trofeo más de individuos consumistas”

Fuente: La Vanguardia

Autor : FRANCESC NÚÑEZ Profesor de Sociología de la UOC

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.

Procrastinar no es un asunto de holgazanería, sino de manejo de las emociones

Si alguna vez has postergado una tarea importante para, digamos, poner en orden alfabético las especias en tu alacena, sabes que no sería justo describirte como flojo.

Después de todo, ordenar alfabéticamente requiere concentración y esfuerzo —y, oye, tal vez hasta te esmeraste en limpiar cada frasco antes de ponerlo en su lugar—. Y no es como que te hayas ido de fiesta con tus amigos o te hayas puesto a ver Netflix. Estás limpiando, ¡es algo de lo que estarían orgullosos tus padres! No es pereza o mala gestión del tiempo. Es procrastinación.

Si la procrastinación no es flojera, entonces, ¿de qué se trata?

Etimológicamente, “procrastinación” deriva del verbo en latín procrastināre, postergar hasta mañana. Sin embargo, es más que postergar voluntariamente. La procrastinación también deriva de la palabra del griego antiguo akrasia, hacer algo en contra de nuestro mejor juicio.

“Es hacerse daño a uno mismo”, dijo Piers Steel, un profesor de Psicología Motivacional en la Universidad de Calgary y el autor de The Procrastination Equation: How to Stop Putting Things Off and Start Getting Stuff Done.

Esa autoconciencia es una pieza clave para entender por qué procrastinar nos hace sentir mal. Cuando procrastinamos, no solo estamos conscientes de que estamos evadiendo la tarea en cuestión, sino también de que hacerlo es probablemente una mala idea. Y aun así, lo hacemos de todas maneras.

“Esta es la razón por la que decimos que la procrastinación es esencialmente irracional”, dijo Fuschia Sirois, una profesora de Psicología en la Universidad de Sheffield. “No tiene sentido hacer algo que sabes que tendrá consecuencias negativas”.

Agregó: “Las personas se enganchan en este círculo irracional de procrastinación crónica debido a una incapacidad para manejar estados de ánimo negativos en torno a una tarea”.

Espera. ¿Procrastinamos debido a estados de ánimo negativos?

En breve: sí.

La procrastinación no es un defecto del carácter o una maldición misteriosa que ha caído en tu habilidad para administrar el tiempo, sino una manera de enfrentar las emociones desafiantes y estados de ánimo negativos generados por ciertas tareas: aburrimiento, ansiedad, inseguridad, frustración, resentimiento y más.

“La procrastinación es un problema de regulación de emociones, no un problema de gestión de tiempo”, dijo Tim Pychyl, un profesor de Psicología y miembro del Grupo de Investigación sobre Procrastinación en la Universidad Carleton en Ottawa, Canadá.

En un estudio de 2013, Pychyl y Sirois descubrieron que la procrastinación puede ser entendida como “la primacía de la reparación del estado de ánimo a corto plazo… por encima del objetivo de las acciones planeadas a un plazo más largo”. Explicado de manera sencilla, la procrastinación es enfocarse más en “la urgencia inmediata de administrar los estados de ánimo negativos” que en dedicarse a la tarea, dijo Sirois.

La naturaleza particular de nuestra aversión depende de la tarea asignada o la situación. Podría ser debido a que la tarea misma es inherentemente poco placentera, como tener que limpiar un baño sucio u organizar una aburrida y larga hoja de cálculo para tu jefe. Sin embargo, también podría resultar de sentimientos más profundos relacionados con la tarea, como dudar de uno mismo, tener baja autoestima, sentir ansiedad o inseguridad. Cuando fijas la mirada en un documento en blanco, tal vez estás pensando: “No soy lo suficientemente inteligente para escribir esto. Incluso si lo soy, ¿qué opinará la gente de él? Escribir es tan difícil. ¿Qué pasa si lo hago mal?”.

Todo esto puede llevarnos a pensar que hacer a un lado el documento y en cambio limpiar los frascos de la alacena es una muy buena idea.

No obstante, por supuesto, eso solo engloba las asociaciones negativas que tenemos con la tarea, y esos sentimientos todavía estarán ahí cuando volvamos a ella, junto a estrés y ansiedad aumentados, sentimientos de baja autoestima y de culpabilidad.

De hecho, existe un cuerpo de investigación completamente dedicado a los pensamientos rumiantes y sentimientos de culpabilidad que muchos de nosotros tenemos a raíz de la procrastinación, los cuales son conocidos como Cogniciones Procrastinatorias. Los pensamientos que tenemos sobre procrastinación suelen exacerbar nuestra angustia y estrés, lo que contribuye a todavía más procrastinación, dijo Sirois.

No obstante, el alivio temporal que sentimos cuando procrastinamos es lo que realmente hace muy vicioso el círculo. En el presente inmediato, suspender una tarea brinda alivio —”has sido recompensado por procrastinar”, dijo Sirois—. Y el conductismo básico nos ha enseñado que cuando somos recompensados por algo, tendemos a hacerlo de nuevo. Esta es precisamente la razón por la que la procrastinación tiende a no ser un comportamiento una vez, sino un círculo, uno que fácilmente se convierte en un hábito crónico.

Con el paso del tiempo, la procrastinación crónica tiene costos no solo a la productividad, sino efectos destructivos medibles en nuestra salud mental y física, incluidos estrés crónico, angustia general psicológica y baja satisfacción con nuestra vida, síntomas de depresión y ansiedad, hábitos deficientes de salud, enfermedades crónicas e incluso hipertensión y enfermedades cardiovasculares.

Pero creí que procrastinamos para sentirnos mejor

Si parece irónico que procrastinamos para evitar sentimientos negativos, pero terminamos sintiéndonos aún peor, es porque así es. Y de nuevo, debemos agradecer a la evolución.

La procrastinación es el ejemplo perfecto del sesgo del presente, la tendencia de nuestra mente a dar prioridad a necesidades a corto plazo en vez de las de a largo plazo.

“Realmente no fuimos diseñados para pensar hacia adelante en el futuro más lejano porque necesitábamos enfocarnos en proveer para nosotros mismos en el aquí y ahora”, dijo el psicólogo Hal Hershfield, un profesor de Mercadotecnia en la Facultad Anderson de Administración de la Universidad de California en Los Ángeles.

La investigación de Hershfield ha mostrado que, a nivel neuronal, percibimos a nuestros yo del futuro más como extraños que como parte de nosotros mismos. Cuando procrastinamos, hay partes de nuestro cerebro que realmente piensan que las tareas que estamos suspendiendo —y los sentimientos negativos que las acompañan y que nos esperan del otro lado— son problema de alguien más.

Para empeorar las cosas, somos incluso menos capaces de tomar decisiones bien analizadas y orientadas al futuro en medio de una situación de estrés. Cuando nos enfrentamos con una tarea que nos hace sentir ansiosos o inseguros, la amígdala —la parte del cerebro que funciona como “detector de amenazas”— percibe esa tarea como una amenaza genuina, en este caso a nuestra autoestima o nuestro bienestar. Incluso si intelectualmente reconocemos que suspender la tarea nos creará más estrés en el futuro, nuestros cerebros están todavía conectados para preocuparnos más por eliminar la amenaza en el presente. Los investigadores llaman a esto “secuestrar la amígdala”.

Desafortunadamente, no podemos simplemente decirnos a nosotros mismos que dejemos de procrastinar. Y a pesar de la abundancia de los “trucos de productividad”, que se enfocan en cómo hacer más trabajo, estos no abordan de raíz la causa de la procrastinación. 

Cómo llegamos a la raíz de lo que causa la procrastinación

Debemos darnos cuenta de que, en esencia, la procrastinación es un asunto de emociones, no de productividad. La solución no involucra descargar una aplicación de gestión de tiempo o aprender nuevas estrategias de autocontrol. Tiene que ver con manejar nuestras emociones de una manera diferente.

“Nuestros cerebros siempre están buscando recompensas relativas. Si tenemos un círculo de hábitos alrededor de la procrastinación pero no hemos encontrado una mejor recompensa, nuestro cerebro continuará haciéndolo una y otra vez hasta que le demos algo mejor que hacer”, dijo Judson Brewer, director de investigación e innovación en el Centro de Plenitud Mental de la Universidad de Brown.

Para reconfigurar cualquier hábito, tenemos que darle a nuestro cerebro lo que Brewer llamó la Mejor y Más Grande Oferta.

En el caso de la procrastinación, tenemos que encontrar una mejor recompensa que evadir, una que pueda aliviar nuestros sentimientos desafiantes en el presente sin causar daño a nuestros yo del futuro. La dificultad de romper la adicción a procrastinar en particular es que existe un número infinito de acciones sustitutas potenciales que todavía podrían ser formas de procrastinación, dijo Brewer. Es por ello que la solución debe ser interna, y no dependiente de cualquier cosa excepto nosotros mismos.

Ahora ve a terminar de ordenar alfabéticamente esos frascos de especias antes de que se convierta en lo siguiente que comiences a procrastinar.

Fuente: The New York Times

Autora: Charlotte Lieberman

Serendipia o eureka: dos formas de acertar muy diferentes

Colón quería llegar a las Indias, pero se equivocó y descubrió América. Eso es una serendipia.

Según Wikipedia, una serendipia es un descubrimiento o un hallazgo afortunado, valioso e inesperado que se produce de manera accidental, casual o por destino, o cuando se está buscando una cosa distinta.

Muchas de las grandes gestas de la historia (y otras no tan grandes) son fruto de esta hermosa palabra nacida a partir de una fábula persa del siglo XVIII. Desde el descubrimiento de la penicilina hasta el de la viagra, pasando por el post-it o el microondas.

Al otro lado está el eureka, la famosa interjección atribuida a Arquímedes de Siracusa cuando descubrió que el volumen de agua que asciende es igual al volumen del cuerpo sumergido.

Eureka es el encuentro con algo perseguido. Debió ser lo que gritaran Richard Francis Burton y John Hanning Speke cuando descubrieron las fuentes del Nilo en 1858, aunque, de hecho, un religioso español, el madrileño Pedro Páez, ya lo hubiera hecho con dos siglos de antelación.

Pero ya se sabe, en este país somos muy malos apuntándonos los méritos. Y si no, ahí están el autogiro de Juan de la Cierva o el submarino de Isaac Peral para demostrarlo.

Volviendo al tema, lo cierto es que en nuestra cultura el eureka está mucho más valorado que la serendipia. La fábula de Iriarte con su famoso «sonó la flauta por casualidad» o reflexiones despectivas del tipo «hasta un reloj estropeado acierta dos veces al día» son dos claros ejemplos.

Una discriminación completamente injusta, pues el hecho de que el azar nos eche una mano no disminuye en absoluto el mérito del hallazgo. La permanente disputa entre el acierto y el error es algo que nos sobrepasa. Y eso por una razón: en ocasiones, la historia nos demuestra que los aciertos solo son errores que se equivocan.

El hecho de que la serendipia sea mucho más sexi que el eureka es algo que saben muy bien los creativos publicitarios. Ellos utilizan frecuentemente el término insight para definir una verdad o un descubrimiento que, cuando le es revelado al consumidor a través de un anuncio, a este le resulta mucho más interesante y memorable que un beneficio obvio que ya habían descubierto por su cuenta.

Porque, en el fondo, la labor de la creatividad publicitaria consiste esencialmente en eso: en encontrar insights nuevos y relevantes y contarlos de una manera lo suficientemente atractiva como para que el consumidor asocie el placer de ese hallazgo con la marca que se lo descubre.

Resulta difícil de comprender la fascinación de la humanidad por el encuentro inesperado. Pero tal vez la razón sea que en el fondo sabemos que ese empujón que nos proporciona el azar es el que nos permite llegar más allá del límite que nos marcan nuestras propias limitaciones.

Lo que importa es el esfuerzo personal. Pero también hemos de contar con ese extraño valor añadido que nos ofrece la serendipia. Ya lo dijo Picasso: «La pintura es más fuerte que yo, siempre consigue que haga lo que ella quiere».

Fuente: Yorokobu

Autor: Miguel Angel Furones

Precaución al usar apps de pago digital.

Por qué no deberías usar apps de pago digital @Gtres
Por qué no deberías usar apps de pago digital @Gtres

Una investigación ha demostrado que les va peor a las personas que usan aplicaciones móviles de tecnología financiera por numerosas razones.

El progreso ha traído muchas cosas buenas y útiles para la humanidad, pero otras, sin embargo, nos están haciendo peores. Hablamos en este caso de las apps de pago digital y las de Fintech, unas herramientas que nos permiten adquirir cosas o abonar importes de servicios directamente desde nuestro smartphone, así como ver gráficas y datos de nuestras cuentas corrientes en todo momento.

Aunque, a priori, parece una fantástica opción para ayudarnos a controlar nuestro dinero, ver qué sale y qué entra de nuestras cuentas y conocer cuál es la actividad exacta que realizamos con nuestras tarjetas de crédito, lo cierto es que tener todo esto en el móvil nos hace tomar peores decisiones financieras.

Así lo ha establecido una investigación sobre apps de pago móvil realizado entre millennials (18-34 años) en el Centro de Excelencia Financiera Global, de la Escuela de Negocios George Washington (Estados Unidos).

Usar apps de tecnología financiera nos viene mal

El estudio descubrió que aquellos que utilizaban apps financieras en su móvil tenían menos probabilidades de tener conocimientos financieros que otras personas de su misma edad que no pagaban por tener estas aplicaciones en sus smartphones.

Además, la investigación descubrió que los fans de las apps de pago digitaltambién eran más propensos a tomar malas decisiones financieras, como sobregirar sus cuentas corrientes, acumular tarjetas de crédito, pedir dinero a prestamistas o sacar ahorros de sus cuentas de jubilación antes de tiempo.

Asimismo, aquellos que tienen apps en el móvil para pagar directamente suelen gastar más a menudo y más dinero, en comparación con aquellos que no las usan, según el estudio.

@Gtres
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Pagos digitales, ¿nos compensa la comodidad?

Como vemos, lo que a priori parece una ventaja y una comodidad, se está convirtiendo en una barrera al ahorro y a llevar unas saludables cuentas corrientes. Los pagos digitales, a través de apps de bancos o de empresas como Visa, Google Pay, Apple Pay o PayPal, son demasiado fáciles de utilizar, pero el problema es que los usan personas con escasa educación financiera, lo que les lleva a liquidar sus ahorros y a tomar malas decisiones financieras.

“En la investigación no hemos concluido qué explica ese comportamiento, pero que los pagos sean tan fáciles de realizar puede inducir a las personas a gastas más“, dijo Annamaria Lusardi, profesora de la Escuela de Negocios George Washington.

Lo mismo sucede con el uso indiscriminado de las tarjetas de crédito. “La tarjeta, la alta disponibilidad del dinero y la facilidad de pago contribuyen a aumentar el impulso en las compras del consumidor, sobretodo en determinados establecimientos. (…) Cuando el consumidor solo lleva efectivo para realizar sus compras, el nivel de impulsividad de éstas es menor, porque sabe que solo puede gastar la cantidad que lleva encima, lo que incrementa la racionalidad en sus compras y reduce su nivel de gasto“, explica Juan Carlos Gázquez-Abad, profesor de los Estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

La solución: utilizar más efectivo a diario

Ante la afluencia de apps digitales y ante el debate sobre la desaparición del dinero en efectivo, expertos como Gázquez-Abad o Brett Scott, autor de Hackeando el dinero del futuro, tienen claro que debemos utilizar más cash en nuestras compras diarias.

Cuando salimos con efectivo en la cartera, el límite de lo que te puedes gastar es muy claro: solo puedes pagar con los billetes y monedas que llevas encima. Cuando sales con tarjeta de crédito o débito, es completamente distinto, ya que si existe un límite éste es muchísimo más elevado, lo que en ese momento no te genera ninguna preocupación. El verdadero estrés llega cuando ves el importe restado en tu cuenta al día siguiente, lo que tampoco te disuade en seguir utilizando esta forma de pago.

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Un mundo sin efectivo, un mundo condenado a la deuda

A pesar de que el efectivo nos ayuda a ahorrar, todo indica que se nos va a restringir su uso en los próximos años. Una tendencia hacia la eliminación delcash contra la que están luchando numerosos economistas y expertos, como Scott. En un mundo sin papel moneda, todas nuestras transacciones quedarán registradas y tendrán que pasar obligatoriamente por el banco y por sus intermediarios, lo que nos restará libertad y privacidad, entre otras cosas.

“La sociedad sin dinero en efectivo es un eufemismo para algo mucho peor, lasociedad de pedir permiso para pagar. En una sociedad sin cash, no tenemos más remedio que bajar la cabeza y ajustarnos a la burocracia automatizada de los intermediarios, intermediarios, entregándoles todo el poder y muchos datos sobre la microestructura de nuestra vida económica”, asegura el experto y articulista de The Guardian, quien cree que los únicos interesados en que el efectivo desaparezca y en que utilicemos más apps financieras y de pago digital son las propias compañías que controlan todo el negocio.

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Ante el debate del futuro del dinero en efectivo y ante la realidad de que las apps de pago nos hacen gastar más, parece que el único revulsivo es utilizar más billetes y monedas en nuestro día a día y oponernos a que el dinero físico desaparezca.

Fuente: OK diario